Hay cosas desafiantes como confiar en Dios cuando no entendemos lo que está sucediendo. Es fácil creer cuando las puertas se abren, cuando hay provisión en casa y cuando las noticias son favorables. Sin embargo, la verdadera fe se revela en aquellos momentos en que el corazón se pregunta: “Señor, ¿por qué me sucede esto?”.
Seguramente has experimentado momentos en los que la fe parece pequeña frente a los desafíos de la vida. La solución no radica en esforzarnos más bajo nuestras propias fuerzas humanas ni en resignarnos, sino en comprender lo que Dios nos dice sobre la fe a través de las Escrituras y vivir conforme a ello. Precisamente por la importancia de este tema, Jesús dedicó una de sus últimas enseñanzas a mostrarles a sus discípulos cómo vivir una vida de fe.
En este artículo descubrirás las cuatro enseñanzas fundamentales que Jesús compartió con sus discípulos: cómo poner tu confianza únicamente en Dios, cómo orar conforme a las Escrituras, por qué tus palabras importan y la importancia del perdón para que tu fe no tenga estorbos. Si has anhelado fortalecer tu relación con Dios, este mensaje es para ti.
¿Por qué Jesús enseñó sobre la fe antes de morir?
Dos días antes de ser entregado para ser crucificado, Jesús decidió enseñar a sus discípulos acerca de la fe. No fue una casualidad. Tampoco fue un tema secundario. El Maestro sabía que, después de su partida, sus seguidores enfrentarían persecución, incertidumbre y momentos en los que tendrían que caminar sin verlo físicamente.
Por eso, les recordó una verdad que sigue vigente hoy:
“Pero sin fe es imposible agradar a Dios…” Hebreos 11:6.
La enseñanza comenzó con una higuera. Jesús vio un árbol lleno de hojas, pero sin fruto. Pronunció una palabra sobre él y, al día siguiente, sus discípulos quedaron asombrados al verlo seco desde la raíz. Entonces, Jesús aprovechó ese momento para entregar una lección.
La fe es una de las enseñanzas que más necesitamos para el diario vivir, ya que el Evangelio es por fe y para fe, y el justo por la fe vivirá (Romanos 1:17). Desde el momento en que creemos para salvación hasta el día en que estemos por siempre con el Señor, todo el caminar cristiano está atravesado por este principio.
Y pasando por la mañana, vieron que la higuera se había secado desde las raíces. Entonces Pedro, acordándose, le dijo: Maestro, mira, la higuera que maldijiste se ha secado. Respondiendo Jesús, les dijo: Tened fe en Dios. Porque de cierto os digo que cualquiera que dijere a este monte: Quítate y échate en el mar, y no dudare en su corazón, sino creyere que será hecho lo que dice, lo que diga le será hecho. Por tanto, os digo que todo lo que pidiereis orando, creed que lo recibiréis, y os vendrá. Y cuando estéis orando, perdonad, si tenéis algo contra alguno, para que también vuestro Padre que está en los cielos os perdone a vosotros vuestras ofensas. Porque si vosotros no perdonáis, tampoco vuestro Padre que está en los cielos os perdonará vuestras ofensas.
Marcos 11:20-26
Jesús nos enseña sobre la fe en Dios
Vivimos en una cultura que nos invita constantemente a confiar en nosotras mismas: “Puedes lograrlo.” “Todo está en tu interior.” “Confía en tu corazón.” Aunque estas frases pueden parecer alentadoras, Jesús dirigió nuestra mirada hacia otro lugar: Dios.
Muchas veces ponemos nuestra seguridad en: Nuestra estabilidad económica, trabajo, familia, conocimiento, ministerio, salud, planes para el futuro. Sin embargo, basta una llamada inesperada, un diagnóstico médico o una crisis familiar para descubrir cuán frágiles son las cosas en las que solemos apoyarnos.
La fe verdadera no consiste en tener una personalidad optimista; consiste en descansar en el carácter inmutable de Dios.
Podemos confiar en Dios porque Él permanece cuando todo cambia. Él es: Todopoderoso, Misericordioso, Fiel, Santo, Justo, Omnisciente, Eterno.
Cuando recordamos quién es Dios, encontramos paz.
Quizás hoy no tienes todas las respuestas. Tal vez llevas orando por alguna situación. Sin embargo, la fe no se alimenta de respuestas inmediatas; se alimenta de la certeza de que, si Dios lo dijo, así será. Dios no miente, no se equivoca ni olvida las promesas que ha hecho. Sus palabras permanecen vigentes hasta el día de hoy. Por eso podemos confiar en lo que Él dice y tener fe en Dios.
La Biblia enseña que la fe viene por el oír y el oír por la Palabra de Dios (Romanos 10:17). Esto significa que no podemos esperar tener una fe fuerte si nuestra relación con las Escrituras es ocasional.
Cada promesa bíblica nos ayuda a confiar en Dios:
- “No te dejaré ni te desampararé.” Hebreos 13:5
- “he aquí yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo.” Mateo 28:20
- “si Dios está con nosotros, quien contra vosotros.” Romanos 8:31
- “Todas las cosas ayudan a bien.” Romanos 8:31
- “El Señor es mi pastor y nada me faltará.” Salmo 23:1
La fe se fortalece cuando dejamos de alimentar nuestros temores y comenzamos a alimentar nuestra mente con la Palabra de Dios.
La fe está cimentada en tres realidades: quién es Dios, lo que Dios ha dicho y lo que Jesús hizo por nosotros.
Jesús:
- Derramó su sangre para perdón de pecados.
- Nos reconcilió con el Padre.
- Abrió el camino a la vida eterna.
- Al ser crucificado permitió que recibiéramos el Espíritu Santo.
- Con su pobreza nos enriqueció.
- Llevó nuestras enfermedades y sufrió nuestros dolores.
- Nos dejó una esperanza viva.
Por eso, cuando oramos, no lo hacemos confiando en nuestros méritos, sino en la obra perfecta de Cristo, que ganó todas las cosas para nosotros.
La oración: el puente entre la necesidad y la provisión
Jesús enseñó a orar siempre
Si observamos la vida de Jesús, encontraremos un patrón constante: oraba antes de tomar decisiones, antes de realizar milagros y aun en medio del sufrimiento.
La oración no es un recurso de emergencia; es un principio fundamental de la vida cristiana, un mandamiento y un privilegio que Dios nos ha concedido.
Muchas veces se lleva sobre los hombros responsabilidades en el hogar, el trabajo, la crianza de los hijos, el cuidado de los padres y las demandas cotidianas. En medio de todo ello, es fácil caer en la autosuficiencia.
Pero Jesús nos recuerda: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis.” Mateo 7:7
La oración es la manera en que reconocemos que necesitamos a Dios.
Los cinco pasos de la oración
Jesús enseñó que nuestras oraciones deben dirigirse al Padre, quien es el dueño de todas las cosas (Mateo 6:6).
Jesús nos enseñó que absolutamente todo lo pedimos en su nombre (Juan 16:23-24).
En la Biblia encontramos personas que llegaron a Jesús con claridad:
- “Señor, que recobre la vista.” Marcos 10:51
- “Di la palabra y mi siervo sanará.” Mateo 8:8
- “Si quieres, puedes limpiarme.” Mateo 8:2
Dios conoce nuestras necesidades, pero también desea que las presentemos delante de Él.
Jesús dijo: “Cuando oréis, decid…” Lucas 11:2. Las oraciones registradas en las Escrituras fueron expresadas verbalmente.
Después de presentar nuestra petición delante de Dios, concluimos nuestra oración diciendo “Amén”, que significa “así sea”, “así es” o “que así se haga” en el nombre de Jesús (Mateo 6:13).
No siempre veremos la respuesta inmediatamente. Algunas veces Dios responderá de forma instantánea; otras veces no. Pero en ambos casos, Él continúa siendo fiel. Recordemos que Dios es nuestro Señor, no nuestro sirviente y Él sabe lo que nos conviene.
El poder de hablar conforme a la Palabra
Jesús dijo que de la abundancia del corazón habla la boca (Lucas 11:2).
Si prestamos atención a nuestras conversaciones, descubriremos rápidamente dónde está puesta nuestra fe.
- ¿Hablamos más de nuestros problemas que de las promesas de Dios?
- ¿Confesamos derrota antes de comenzar?
- ¿Nos enfocamos en el temor o en la fidelidad de Dios?
Jesús hablaba con absoluta convicción.
- “Pasemos al otro lado.” Marcos 4:35
- “Yo iré y le sanaré.” Mateo 8:7
- “Levántate.” Juan 5:8
- “Sígueme.” Mateo 9:9
Es importante aclararlo: la fe bíblica no es repetir frases motivacionales frente al espejo. La fe consiste en confesar aquello que Dios ha dicho.
Abraham dijo: “Volveremos.” Génesis 22:5 David declaró: “Yo vengo en el nombre de Jehová.” 1 Samuel 17:45 Sadrac, Mesac y Abed-nego afirmaron que Dios podía librarlos del horno de fuego. Daniel 3:17-18
Ellos no ignoraban la realidad. Simplemente decidieron darle más peso a la Palabra de Dios que a sus circunstancias.
Permite que tus palabras comiencen a alinearse con aquello que Dios ha declarado sobre tu vida.
El perdón: un requisito indispensable para vivir por fe
Una fe genuina no solo nos lleva a confiar en Dios, también transforma la manera en que nos relacionamos con los demás. Jesús enseñó que el perdón es indispensable en la vida del creyente, pues no podemos vivir una vida de oración y comunión con Dios mientras alimentamos resentimiento en nuestro corazón.
Perdonar no significa minimizar el dolor o justificar lo que nos hicieron. Es un acto de obediencia y confianza en Dios, mediante el cual le entregamos nuestra causa y le permitimos sanar nuestro corazón. Por eso, el perdón también se expresa en oración. No basta con decir “yo lo perdono”; es necesario orar por esa persona hasta encontrar la paz que solo el Señor puede dar, siguiendo el ejemplo de Jesús en la cruz: “Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen”. Lucas 23:34
Cuando perdonamos de todo corazón, somos libres del peso de la ofensa y podemos descansar en Dios. Aunque en algunos casos sea prudente establecer límites saludables, el verdadero perdón nos permite vivir en paz y continuar caminando por fe.
Cómo fortalecer tu fe cada día
Si hoy sientes que tu fe es pequeña, recuerda que Jesús comparó la fe con un grano de mostaza (Mateo 17:20).
Puedes comenzar con pasos sencillos:
- Dedica tiempo diario a leer la Biblia.
- Mantén oración constante.
- Memoriza promesas bíblicas.
- Habla bien, confiesa y llama las cosas de acuerdo a como le has pedido a Dios
- Practica el perdón.
- Recuerda las veces que Dios ya ha sido fiel.
La fe crece cuando caminamos con Dios día tras día.
Conclusión
La enseñanza de Jesús sigue resonando hoy con la misma fuerza que hace más de dos mil años: ten fe en Dios.
Porque la fe no consiste en negar las dificultades ni impedir que las vivamos, sino en creer que Dios es más grande que cualquiera de ellas.
Hoy te invito a detenerte por un momento y responder esta pregunta: ¿Qué situación de tu vida necesita que vuelvas a poner tu fe en Dios?
Recuerda que el Dios que sostuvo a Abraham, fortaleció a David y acompañó a los discípulos sigue contigo hoy.
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¡Dios te bendiga!